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sábado, 31 de julio de 2010

Vuelva usted mañana

"Tendrá razón, perezoso lector (si es que has llegado ya a esto que estoy escribiendo), tendrá razón el buen monsieur Sans-délai en hablar mal de nosotros y de nuestra pereza? ¿Será cosa de que vuelva el día de mañana con gusto a visitar nuestros hogares?

Dejemos esta cuestión para mañana, porque ya estarás cansado de leer hoy: si mañana u otro día no tienes, como sueles, pereza de volver a la librería, pereza de sacar tu bolsillo y pereza de abrir los ojos para hojear [los pocos folletos] que tengo que darte [ya], te contaré cómo a mí mismo, que todo esto veo y conozco y callo mucho más, me ha sucedido muchas veces, llevado de esta influencia, hija del clima y de otras causas, perder de pereza más de una conquista amorosa; abandonar más de una pretensión empezada y las esperanzas de más de un empleo, que me hubiera sido acaso, con más actividad, poco menos que asequible; renunciar, en fin, por pereza de hacer una visita justa o necesaria, a relaciones sociales que hubieran podido valerme de mucho en el transcurso de mi vida; te confesaré que no hay negocio que pueda hacer hoy que no deje para mañana; te referiré que me levanto a las once, y duermo siesta; que paso haciendo el quinto pie de la mesa de un café, hablando o roncando, como buen español, las siete y las ocho horas seguidas; te añadiré que cuando cierran el café, me arrastro lentamente a mi tertulia diaria (porque de pereza no tengo más que una), y un cigarrito tras otro me alcanzan clavado en un sitial, y bostezando sin cesar, las doce o la una de la madrugada; que muchas noches no ceno de pereza, y de pereza no me acuesto; en fin, lector de mi alma, te declararé que de tantas veces como estuve en esta vida desesperado, ninguna me ahorqué y siempre fue de pereza.

Y concluyo por hoy confesándote que hace más de tres meses que tengo, como la primera entre mis anotaciones el título de este artículo, que llamé "Vuelva usted mañana"; que todas las noches y muchas tardes he querido durante ese tiempo escribir algo en él, y todas las noches apagaba mi luz diciéndome a mí mismo con la más pueril credulidad: ¡Eh, mañana le escribiré! Doy gracias a que llegó por fin este mañana, que no es del todo malo; pero ¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás!"

Mariano José de Larra: "El Pobrecito Hablador" (enero de1833)


lunes, 4 de enero de 2010

Estudio sociológico del sociólogo

Recomendaciones para dedicarse al estudio de la sociedad

Si es teórico y publica un libro:
1. Hacerse de un tema afín a la globalización, en términos tales como multiculturalismo, cosmopolitismo y etcétera (que también podría ser un buen título).
2. Considerar en los capítulos posteriores a la introducción la doctrina sociológica de Marx, Weber, Durkheim y Habermas en función del tema en cuestión.
3. Terminar, obviamente, en conclusiones que sinteticen toda la discusión doctrinaria precedente y que atisben a la esencia del asunto.
Si es profesor:
1. Definir el fenómeno de que se trate como si fuera un niño, diciendo todas las propiedades que empíricamente son posibles de atribuir al objeto, haciendo de la definición cualquier cosa, menos una definición entre lo que queda adentro de ella y lo que queda fuera precisamente por no pertenecerle. Se trata, en última instancia, de meter el Mundo dentro de la definición de tal modo de dejar la Nada afuera.
2. A la hora de dar ejemplos, referirse a la actualidad como si se fuera un periodista.
3. A la hora de consolidar la explicación, referirse al pasado como si se fuera un historiador.
4. Y por último, a la hora de evaluar los contenidos enseñados, tachar de panfletarios a quienes estudiaron y memorizaron fielmente los apuntes de clases, exhortándolos a realizar verdaderos análisis sociológicos en vez de periodismo e historia.
Si es recién egresado y debe batírselas por usted mismo:
1. Tratar que lo contrate o subcontrate su universidad.
2. Interpretar la sociedad a partir del software estadístico SPSS.
Antídoto si aún estudia la carrera:
Estudiar a Luhmann.
Contraindicaciones:
a. A los tontos les produce soberbia y sufren de recalcitrantes actitudes religiosas.
b. A los no tontos, estudiosos de la obra, el exceso de neologismos les suele provocar galimatías, e incluso adscripción a corrientes exegéticas.
c. A los no tontos que entendieron la obra, al momento de explicarla y debatirla serán tachados de soberbios, religiosos, confusos y/o equivocados en su interpretación de los pasajes de la obra de Luhmann.
d. Morir en el intento de la Verstehen.
e. Incorporar a su vocabulario palabras en alemán.
Propiedades benéficas prometidas desde Luhmann:
Hacer sociología.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Las tragedias del amor

En la cerrada sociedad española, hasta tres tipos distintos de amante anhelan el matrimonio del amor con la tragedia.
El primero es el honor, que perseguirá personalmente a quien él considere que ha ofendido su código, considerando ofensa que en el idioma del sentimiento el lenguaje sea el del corazón y no el del deber, y que no cejará en su empeño hasta ver satisfecho su deseo de venganza -o dejar la piel en el intento.
El segundo es la propia sociedad, cuya mentalidad, orden e instituciones ni protegen al posible prófugo amoroso en su desgracia ni, y esto es aún más dramático, tienen la capacidad de ofrecer espacios para que aquél pueda reconstruir su vida. Ambos son los enemigos externos del amor. En la naturaleza de éste residía el enemigo interno, el que al soldar el mundo al que da vida aun único ser, el amante concreto, vuelca en su pecho no sólo su entero cargamento de sentimientos, emociones, sueños y proyectos, sino también todo su futuro, transformando para siempre el suyo en un erial donde campea soberana la soledad.
El amor, o mejor, el amante se ha negado definitivamente a sí mismo, al privarse de la energía necesaria para, si fuere menester, rehacer su vida.
En el altar de su propio fuego ve consumirse así tanto el carácter versátil de la libertad, como la dignidad del error, su belleza y originalidad: razones, en suma, entre aquéllas por las que la vida puede vivirse, y vale la pena de ser vivida.

viernes, 18 de septiembre de 2009

El gen egoísta

El dilema del prisionero es un experimento de teoría de juego diseñado para estudiar estrategias de cooperación y sus límites (como todos los enfoques de teoría de juegos, es un modelo abstracto y descontextualizado del comportamiento humano).
El dilema del prisionero puede formularse así: se da a dos prisioneros la oportunidad de cooperar, cubriéndose las espaldas mutuamente, o de denunciarse uno a otro. Si ambos cooperan, salen ganando (tres puntos a cada uno, pongamos). Si uno de los dos es denunciado por el otro, sabe que perderá (cero puntos) mientras que el que lo ha denunciado obtendrá cinco puntos. En cambio, si los dos desertan, y se denuncian mutuamente, obtienen un punto cada uno.
¿Qué estrategia es la favorecida por la selección natural? Bien, el resultado es maquiavélico: aunque la recompensa por cooperación es objetivamente mayor, la tentación de denunciar al otro resulta ser dominante; de modo que, sea cual sea la opción tomada por el otro jugador, la mejor opción para cada uno es siempre desertar y traicionar.
Desgraciadamente, la teoría de juegos no es válida para predecir el comportamiento humano, se han hecho juegos simulados con personas para ver cuáles eran las reacciones y hay situaciones en las que ambos ganaban más cuando ambos colaboraban. Resulta que, de vez en cuando, dejaban de colaborar porque valoraban la ganancia no de forma absoluta, sino en comparación con la ganancia del rival.
El ser humano es curioso: no es que quiera tener más, sino que quiere tener más que el otro.